sábado, 1 de diciembre de 2007

Ichikawa nos habla de Nieto nos habla de Cubazuela que no es pero sí es

Emilio Ichikawa comenta en su blós sobre un texto del escritor cubano Benigno Nieto. Reproduzco parte de lo tratado porque, en estos días, los "venezolanógos" cubanos se lanzan a pronosticar y a concluir con aires de ya yo pasé por eso.

Y perdónenme, pero no. Ustedes no pasaron por eso ni un cazzo. A lo mejor por cosas peores.

Abajo, la cita de Nieto con la que parecemos coincidir ichikawa et moi.


emilio ichikawa
A menudo comparan a Venezuela con Cuba. ¿Cómo identificar la Venezuela actual con la Cuba de Castro, si nueve años después los opositores de Chávez viajan aún al exterior con cinco mil dólares preferenciales por persona? Los austeros fanáticos de principios de la revolución fidelista están en las antípodas de Chávez y su combo de bolivarianos corrompidos por los petrodólares. ¡O la paradoja de que empresarios capitalistas se enriquezcan con las divisas que les otorga el socialismo del siglo XXI! Chávez jamás será Castro. El cubano derrotó a un ejército y una dictadura. Chávez ganó la elección del 1998 favorecido por el voto negativo contra Acción Democrática y COPEI. Hace medio siglo a la revolución cubana la interpretaron como la realización romántica del paraíso comunista, en tiempos cuando la utopía de Marx tenía aún vigencia histórica. Nosotros, los enemigos de Castro, le reconocimos su inteligencia. Castro fue un dictador que no se rebajó a chistes sexuales. Un manipulador de símbolos, que ``sembró sal en la tierra y lodo en las almas''. Hugo Chávez lo imita, pero no es ni la chancleta. El discurso ideológico que los encumbró es un modelo fracasado, que hoy se nutre del odio tercermundista. Chávez carece del genio teatral y esa dignidad gestual que fingía antes el cubano. AChávez lo han comparado con un mico, pero su mueca de desprecio es la típica de los gánsters del cine, como Al Capone. El espectáculo de su grosería televisada y su procacidad sin fronteras han avergonzado a los venezolanos y son la mofa de la aldea global donde vivimos. De ahí el éxito de ``¡Por qué no te callas!''

Grand Old Party

Así están las cosas. Y creo que Oliphant fue benévolo.
blog it

Grand Funk et moi.

Audrey de culto, moldeada cuidadosamente por y para los fotógrafos.

Cogió un segundo aire cuando la campaña de GAP, y vamos a dejarnos de comer mierda; los posters en blanco y negro con sus fotos en la Magnificient Mile de Chicago tenían un swing del carajo.

Tanto la foto de arriba como la de abajo permanecen sin yo saber la autoría.

La de Audrey es sacada de Google.

La de abajo ha estado en tantas fototecas... que fue a parar a Google too.


La emigración, al duro y sin guante.

Galaicos estos de la foto, que fama de duro tienen, pero con historias que parten el alma.

Oyendo Some Kind of Wonderful por Grand Funk Railroad (Cucún Cupá, remember?) es inevitable caer en la zanja del seudogorrión cuando, forreros todos a más no dar, coreábamos sin pizca de verguenza: "yo quiero, quiero iirmeee...".

El original dice "can I get a witness", pero si los de Iron Butterfly convirtieron "in the Garden of Eden" en In A Gadda Da Vida no tiene nada que ver que nuestra incursión británica con acento taíno berreara tal mutación.

Los cuarentones saben de qué hablo.



Sorry, la tira anterior es una cagada. A continuación, versión arreglada, que no buena.


Organized crime in America takes in over forty billion dollars a year and spends very little on offcie supplies.

-Woody Allen

viernes, 30 de noviembre de 2007

Porno para gozarlo

Soft porn

Técnica mixta. Autores varios.
(Gracias al Cristo Herrera)



Auditoría reciente de René de la Nuez, hecha por Laz.



Y have so little sex appeal that my ginecologist calls me "sir".

-Joan Rivers

martes, 27 de noviembre de 2007

Dando y dando


El puto distanciamiento cultural, geográfico e ideológico.

En Marruecos un grupo de adolescentes adora a Zidane el futbolista, y alguno se lamenta que el argelino no saque su religión más a menudo a la palestra. El mismo grupo alaba a Bin laden porque ha retado al mismísimo George Bush. Y uno... say what? Y comentan que los que pusieron la bomba en Madrid hicieron bien, que los españoles discriminan a los inmigrantes marroquíes y los mantienen en la pobreza. La conversación, como era de esperar, giró sobre Iraq. Y allá querían ir ellos, a ayudar a los iraquíes, a darles independencia de los americanos. ¿A cuáles iraquíes exactamente? No dijeron. No creo que vayan a zanjar las diferencias que tienen los sunnis y los shia , y me gustaría oír que piensa alguno de esos solidarios jihadistas al respecto.

¿Estarían matándose los iraquíes entre ellos si Cheney no hubiera tenido su agenda?

Otro día, otra bomba, más muertos. Niños, viejos, mujeres. Y uno sin entender un cazzo. Un estudioso del terrorismo y del Medio Oriente, el antropógo Scott Atran, asegura que los terroristas no solo mueren por una causa. Mueren por sus iguales también.

El asunto de la venganza es algo que se repite constantemente, y últimamente he leído de una serie de causas que actúan como catalizador. Está también lo religioso, of course, que cuando se cocina con lo social da un sancocho asqueroso. Gracias a Dios que soy ateo.

Uno de los jóvenes lo resume bastante claro:

"Si nos matan, vamos a Dios. Si nos quedamos, es el desempleo."

There you go.

Lo que digo, el puto abismo cultural y de idiosincracia.

En septiembre del 2001 conocí a Joe Sacco en Finlandia, y me contaba que mientras trataba de ganarse la confianza de los pobladores de un lugar en la franja de Gaza, tuvo que aprender a aceptar que un chico de 10 años estuviese más interesado en ser mártir que en ser futbolista. Lo que da una idea de que el asunto no es tan sencillo como lo pone Fox News.

¿Se acuerdan del jaleo en Dinamarca por las caricaturas del profeta? Aquí hay un par de opiniones de Sacco y Art Spiegelman, el autor de Maus. De refilón tocan el tema que trato.

Por otro lado, uno piensa que ha habido civilizaciones, etnias, grupos humanos, lo que sea, que han sido explotados, casi extinguidos, abusados y sumidos en la miseria. Pero nunca leemos que se hayan puesto un chaleco de dinamita y se han volado en pedazos para matar a sus rivales, o a los hijos de sus rivales, o a las madres de sus rivales.

Así que creo que me falta información. Hay algo que sigo sin entender. No me como eso de que es simplemente un choque de civilizaciones, descreído como soy.

Mientras tanto, el odio sigue cocinándose, cebándose en inocentes. Y pregunto: ¿Para qué mierda sirve todo eso?




Everything I want is either illegal, inmoral, or fattening.

-Alexander Woollcott(1887 -1943)

domingo, 25 de noviembre de 2007

Sarasota bound

Acabamos de llegar de Sarasota, (Je, je... sarasota...) en un viaje de estímulo por haber cumplido con las tareas de la emulación "Listos para la Defensa en la Segunda Etapa".


No tengo quejas, la verdad. Los compañeros de la casa de visita del Partido en Sarasota nos trataron muy bien. La CTC está puesta para la atención al hombre y el trabajo en las bases.





Stop the presses! The New England Patriots are human!


Y esta otra: ¡San Francisco ganó!


I know.

I'm a jerk.
Mylene Fernández Pintado es una escritora nacida en Pinar del Río pero criada en 17 y k. Vive en La Habana, tiene un pie en Cuba y otro en Suiza. Globalización, que le dicen. Empezó como abogada en el ICAIC y miren por donde va ya. Nada mal, literalmente hablando. Varios premios en su curriculum (Gaceta de Cuba, Italo Calvino y UNEAC que tú conoces) y todavía sigue dando ján.

Aquí pongo uno de sus muchos cuentos. Démosle un fuerte aplauso a...


Pas de deux

Para G. Sopranzi.

El autor teclea el lugar y la fecha en que ha escrito la novela “La Habana, febrero 2005” unos cuantos renglones después de la última frase. Recorre orgulloso las páginas con el cursor y se detiene en algunos pasajes. Se siente complacido. Tiene una historia, pero sobre todo, tiene un personaje.

El personaje es magnífico. El autor lo ha enfrentado a los otros, a la vida, al destino y a sus propios pensamientos. Ha reaccionado bien, muy bien. El personaje tomará a los lectores de la mano, la novela comenzará a discurrir y el personaje aclarará cuáles son sus intenciones y su carácter. Conducirá la historia a buen puerto y a los lectores al disfrute de un buen libro. Para eso lo ha creado.

Suena el timbre de la puerta. Hoy, sábado, es el día de los vendedores clandestinos de huevos, carne y leche. De helado de fresa y turrones de coco. Decide que no abrirá. Está escribiendo y tiene el refrigerador vacío. Todo por la literatura, hasta las parrillas desnudas.

Tocan insistentemente. Piensa en el chiste de Mafalda... ¿Y si es la felicidad? Abre sin usar la mirilla de la puerta. Si es la felicidad, que lo sorprenda ahora que es muy feliz con su obra.

Es el personaje, que lo observa con una mirada salida de ninguna parte. Como si no tuviera carácter ni intenciones. El autor se da cuenta de que hay algo extraño en la cabeza del personaje.

El personaje tiene el pelo de dos colores y texturas. El autor recuerda que en la página 2 describió que era muy oscuro y caía lacio sobre la frente. Doscientas páginas después escribió la frase -ahora se percata- “el pelo color de las cucarachas rojizas, se alzaba como con deseos de alcanzar el cielo”. Muy a su pesar el autor piensa en las cucarachas voladoras.

El personaje no parece enfadado por esta incoherencia física. El autor no recuerda si el personaje era presumido o si no le importaba su aspecto. Está vestido con una página en blanco.

El personaje dice que viene a aclarar sus intenciones y su carácter. Al mismo tiempo, hace un ademán de irse. Pero se queda parado en el umbral. A la vez que repite que viene a aclarar su carácter y sus intenciones, se despide.

El autor le ruega que pase. El personaje dice que no puede pasar si el autor no lo escribe. El autor toma al personaje de la mano y corre hacia la computadora. No puede soltar al personaje, debe tenerlo fuertemente asido con la mano izquierda mientras con la derecha revisa el texto.

Se queda espantado con ciertos pasajes. El personaje llora con la cara más feliz que pueda imaginarse. El autor le pide disculpas. El personaje se arrodilla y trata de pegarle. El autor golpea al personaje. Aprovecha que el personaje está en el piso recitando salmos (¡Dios mío-recuerda, -es la tontería de la página 45!) para buscar una cuerda y lo ata a la silla junto a la computadora. El personaje dice que lo ama. Pero el autor sabe que no ha escrito la palabra masoquista en ninguna parte del texto.

- Si elimino todo lo que he escrito desaparecerá. Lo he inventado yo. Es un engendro - reconoce el escritor mientras hace un nudo tras el otro.

El personaje se ha quedado dormido. El autor se sienta frente a su obra, la elimina. Vacía la papelera de reciclaje. Pero el manuscrito no desaparece. Ni el personaje. Repite la operación una y otra vez sin resultado.

El personaje se despierta y se desata fácilmente. Dice que tiene hambre, no ha comido desde la página 1. Hace 405 páginas que no come. El autor va al refrigerador, está vacío. Ha estado escribiendo muchos días y no ha abierto la puerta a los vendedores clandestinos. El personaje repite que nadie puede pasar 405 páginas sin comer. El autor le trae un vaso de agua. El personaje comienza a gritar. En 405 páginas ha bebido 370 vasos de agua y no ha orinado ni una vez. Y lo hace sobre la butaca del autor. El autor deberá botar la butaca, era un regalo de su abuela, el sitio donde ella leía historietas, convencida de que era el único género que merecía ser llamado literatura.

El autor tiene ante sí el texto que no desaparece. Lee la página 1. El personaje dice que no quiere estar parado a las 3 de la mañana en el Bosque de La Habana, vestido con un short y una camiseta. Que tiene frío y ese lugar es peligroso por la madrugada.

Repite que tiene hambre. El autor empieza a escribir sobre el manuscrito anterior, que solo desaparece bajo las nuevas palabras. El personaje está comiendo en su casa, vestido con un pijama. El personaje protesta. Los pijamas le parecen cosas de viejos. Son poco “sexy”. Además quiere que escriba que es vegetariano. El escritor le aclara que no puede ser vegetariano porque sería muy caro y el personaje no tiene mucho dinero, es crítico de cine y artes plásticas.

El personaje quiere trabajar en una firma extranjera y ganar 700 dólares al mes. No quiere ser crítico de cine porque los criterios cinematográficos del autor son asquerosos. Al personaje le gusta Woody Allen y el autor lo ha hecho criticar Delitos y Faltas en la página 75, diciendo que el guión no es bueno y que Anjelica Houston no está en su mejor momento. Pregunta al autor si sabe algo de cine. El autor se ofende, está convencido de que su cultura es vasta. El personaje dice que basta.

Comienzan a examinarse uno al otro. Cuando el autor no sabe responder que Pat Garrett and Billy the Kid es un film de Sam Peckinpah, el personaje bebe agua para celebrar pero esta le sale por los ojos, parece un llanto extraño. Queda aclarado que al autor no sabe de cine, según el personaje. Por eso prefiere ser vice gerente de una empresa extranjera, ganar 700 dólares y conducir un Toyota Corolla. Y alimentarse con vegetales y aceite de oliva extra virgen.

El autor se da cuenta de que tendrá que pactar con el personaje o se quedará sin historia. Le explica que eso de ser vegetariano es imposible, que no es coherente. La palabra “coherente” hace cantar al personaje. El autor hace caso omiso de la canción -un fado tristísimo- y explica al personaje que los vice gerentes de las firmas que manejan Toyota Corolla nunca son vegetarianos. Que comen carne y beben vino. Que eso de ser vegetariano va bien para los artistas, pero no a los empresarios.

Pero el autor no ha hecho al personaje razonable. Escribe entonces que el personaje está sentado en su casa mientras come razonablemente. El personaje se ha vuelto razonable y pregunta qué es comer razonablemente. El autor le dice que es comer poco y bien. El personaje asiente comprensivo y acepta no comer solo vegetales.

- Ya que no soy un crítico de artes plásticas, puedes eliminar las 42 páginas en las que describo o describes, para ser más exactos, La Anunciación de Da Vinci. Tienes manía de mostrar a todos que posees cultura universal, pero lo que haces es presuntuoso y aburridísimo y tu descripción no aporta nada. Solo demuestra que eres un imbécil con complejo de inferioridad por ser del Nuevo Mundo.

El autor ama profundamente esas 42 páginas en las que deja más que claro que sabe de pintura y sobre todo, que estuvo en la Galleria degli Uffizi. Incluso llama al cuadro L’Annunciazione. Toda una exposición de sus conocimientos para recreo de los lectores.

-Un ladrillo -riposta el personaje mientras cita de memoria “...la tipología del delicadísimo rostro de la virgen niña rebosante de una infinita dignidad y alta conciencia, que quedará como representativa del primer período florentino...”El autor no puede evitar sentirse culto y feliz y asiente con la cabeza maravillado ante sus propias palabras. Pero es verdad que ahora que el personaje no es crítico de arte no tiene mucho sentido. Trata de guardarla en otro documento pero el personaje no se lo permite.

-Es por tu bien, si lo mantienes en tus archivos, correrás el riesgo de incluirlo en otra novela, eres demasiado vanidoso.

A continuación, el personaje critica razonablemente el exceso de adjetivos, de metonimias y metáforas, la ausencia de un estilo sostenido, los cabos sueltos, las frases impuestas donde ya no cabe ni una letra más. La repetición de vocablos -en diez páginas ha contado más de 40 veces la palabra excelso.

El autor comienza a incomodarse. El personaje explica razonablemente que lo está ayudando, que eso es lo que necesitan todos los escritores, un lector amigo. Para el autor, el personaje es un lector enemigo porque está convencido de que a los amigos siempre les gusta todo lo que uno escribe. El personaje dice que no es cierto, que esos son los aduladores, que por detrás dicen horrores de su obra. El autor está fuera de sí. Pero el personaje continúa enumerando faltas, excesos, incoherencias, autocomplacencias, de manera razonable.

Hasta que el autor no puede más. El es un escritor. Tiene muchos premios y publicaciones. Todos lo aman. Imparte conferencias y clases magistrales, es jurado en los concursos. Escribe para todos los periódicos y revistas. Lo entrevistan en la radio y la televisión. Su nombre aparece en innumerables sitios de internet. Sus alumnos lo veneran. Es temido por sus rivales.

La cara del personaje es casi de conmiseración y esto saca de quicio al escritor que, fuera de sus casillas, ataca al personaje.

El personaje es más fuerte, está bien alimentado y es razonable. Vence al autor casi sin tocarlo -en la página 84 escribiste que practicaba haikido- le recuerda.

Una vez terminada la pelea, el personaje ata al autor con una cuerda y comienza a escribir una historia en la que él es un crítico de cine que ama a Woody Allen y opina que Anjelica Houston es una magnífica actriz. Y mientras cancela feliz las frases “...increíble exactitud, crómatica y gráfica de la representación del prado florido, tan objetivo y vitalizado como el fastuoso y monumental atril frente a la Virgen...” piensa que La Anunciación de Da Vinci es una de las que más le gustan. Y que si tocan los vendedores clandestinos, les abrirá la puerta.


Mylene Fernández Pintado.

Montagnola, 2006.


viernes, 23 de noviembre de 2007

On the road again

Abel Ibarra es el autor de estas consideraciones acerca de Miguel Hernández. Abel tiene una puntería del carajo, y cada semana se emplaza desde su columna en la Gaceta, allá en Tampa.

San Miguel Hernández

Por Abel Ibarra

Dos santos se quedaron fuera de la beatificación que hizo el Vaticano de los mártires de la Guerra Civil Española: Federico García Lorca y Miguel Hernández. En el caso de Lorca, apellido segundo con el que la gente lo saca del barranco de los sacrificados, el asunto no resulta tan grave. Sobre todo, porque cada vez que se encienden los cenitales sobre el entarimado donde habitan los personajes creados por él, hay una celebración plural que lo regresa al espacio sagrado de las obras donde Federico vive dándole vueltas al mundo nuestro de cada día. Amén.

A pesar de que no se sabe por dónde andan sus huesos, cada vez que un andaluz se llene de alegría, siempre que respire una guitarra y mientras haya quien pise las calles de Nueva York, se repetirá el milagro de las metáforas que lo pusieron a vivir para siempre.

Pero Miguel Hernández, ángel provinciano, es el príncipe de los preteridos que siempre llegó tarde a la fiesta de la vida. Desde que nace pobre de solemnidad en Orihuela (nombre que huele a naranjas, aceitunas, granadas y turrones) hasta que muere con sus pulmones llenos de vacío y tuberculosis en el laberinto carcelario, todo fue un camino de suplicios, un calvario de postergaciones que lo colocan en la vía dolorosa de los mártires que merecen la beatificación.

Algunos alegatos

Uno de sus dramas es que al poeta siempre le impusieron el destino, incluida la guerra. Y sólo se le impone el destino a los inocentes, condición que ya, de por sí, le merece la vida eterna. Su primer libro, que quiso llamar Poliedros, fue cambiado por razones de mercadeo (según se dice hoy en día) a Perito en lunas, título mágico y premonitorio extraído de un verso de los poemas que conforman el libro. Desde allí quedó condenado a ser una metáfora de sí mismo: un satélite de su propio sueño: ¿Qué quería Miguel? Bueno, según su historia, seguir pastoreando cabras y escribir la poesía más universal. Difícil asunto. Pero lo cumplió con estoicismo extremo en todos los trámites de su vida de relegado.

Cuando fueron publicados sus primeros textos en “El Pueblo” de Orihuela y en “El Día” de Alicante, el mundo se le comenzó a poner chiquito. Decidió entonces un viaje a la metrópoli provinciana del Madrid de 1931 para abrirse los caminos. Atrás quedaron las tertulias con sabor a harina junto al horno de los Fenoll, donde se hizo amigo de Ramón Sijé. Pero la aventura citadina se le convirtió en suplicio.

Los poemas primigenios bajo el brazo, algunas recomendaciones que pujaban por ayudarlo en su búsqueda del éxito literario y vital, la precaria asistencia económica de unos pocos amigos de Orihuela, la reseña de las revistas “La Gaceta Literaria” y “Estampa” (noticiando su presencia y clamando por ayuda oficial para conseguirle un trabajo al poeta-pastor) sólo fueron buenas intenciones que le empedraron el camino del retorno a Orihuela. Regresó a su pueblo con más huecos en los zapatos de los que tenía cuando salió a perseguirse a sí mismo. Y eso duele.

Acusado

Lo peor que le pasó a Miguel Hernández, literariamente hablando, fue haberse atrevido a escribir en homenaje a Góngora Perito en Lunas, porque quiso meterse (tratando de ganarse el derecho a existir poéticamente) en una Generación, la del 27, que no le correspondía. Eso de querer igualarse a gente que no es de la misma época ni edad, resulta una tentación al diablo de lo desconocido y por tanto una herejía. Pero Góngora, más allá de todo, le sopló desde ultratumba su sino poético cuando, preterido también, tuvo que retirarse a Córdoba a escribir sus Soledades y le dijo: “El que de cabras fue dos veces ciento”. Asunto que para Miguel era una condición natural.

De todos modos, resultó tachado de hermético, enigmático y gongorino, triple pecado del cual intentó librarse, por fortuna, sin lograrlo nunca del todo.

Miguel (perdónenme la confianza, pero esto es un asunto personal) resume la gran paradoja de su vida: todo lo condena y todo lo redime. Cuando pretende venderle un ejemplar del Gallo crisis, revista que había fundado con Ramón Sijé en Orihuela, a Pablo Neruda, el gran pontífice poético del momento, éste le responde: “Querido Miguel, siento decirte que (…) Le hallo demasiado olor a iglesia, ahogado en incienso”. Sentencia lapidaria que le cercena el ansia editorial y la posibilidad de entrar temprano en el cielo de los consagrados.

La redención

Pero es el mismo Neruda quien nos da argumentos para su absolución. En un pasaje de “Confieso que he vivido”, libro de sus memorias, dice que: “Miguel era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él. Tenía una cara de terrón o de papa que se saca de entre las raíces y que conserva frescura subterránea”. Por eso mismo se ocupó en buscarle trabajo entre el laberinto seco y administrativo que conoció gracias a su cargo diplomático en Madrid.

El benefactor era un vizconde (cuyo nombre no conocemos por olvido de Neruda) que leía y admiraba los versos de Miguel, tanto, que preguntó acerca del cargo que deseaba el poeta de Orihuela. Cuenta Neruda en el mismo libro, que le dio, alborozado, la buena nueva a Miguel Hernández: “al fin tienes un destino. El vizconde te coloca. Serás un alto empleado. Dime qué trabajo deseas ejecutar para que decreten tu nombramiento”.

Después de muchas cavilaciones, enjuto, con sus ojos brillantes de sus mismos sueños, Miguel Hernández le respondió preguntando: “¿No podría el vizconde encomendarme un rebaño de cabras por aquí cerca de Madrid?”.

El epitafio

Cuando en una elegía es rememorado un hecho trágico de manera estruendosa y laudatoria, es porque en el fondo se tiene la esperanza de negar la muerte igualadora.

Es lo que hace Jorge Manrique al preguntarse, “¿Qué se hizo el rey don Juan? / Los infantes de Aragón / ¿qué se hicieron?”; como esperando la posibilidad de una respuesta que los regrese de su mundo de sombras. Lo mismo que ocurre en el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejía”, cuando Lorca pone a vivir otra vez al torero, aunque sea por un instante, “Como un río de leones / su maravillosa fuerza, / y como un torso de mármol / su dibujada prudencia”.

Pero con Miguel Hernández la esencia reivindicatoria de la elegía es llevada hasta sus últimas consecuencias cuando se convierte en premonición de la muerte propia. La dedicatoria misma de la escrita a Ramón Sijé “con quien tanto quería”, resulta un proyecto funerario a futuro, quizá como el pago de la deuda que quedó cuando Miguel abandonó Gallo Crisis


Todo ángel es terrible. Y sin embargo, ay, los invoco
a ustedes, casi mortíferos pájaros del alma, sé quiénes
son ustedes.



War is the unfolding of miscalculations.

-Barbara Tuchman (1912-1989)